Bisabuelos, Abuelos, Padres, Hermanos. Transgeneracional Vivo.

Los Bisabuelos, la generación sabia.

Los bisabuelos son el horizonte más lejano que hemos podido conocer personalmente en nuestro árbol genealógico, y si hemos tenido la suerte de conocer alguno, forzosamente era muy anciano. Ciertamente nuestros bisabuelos pueden haber llegado a ser muy ancianos o haber muerto jóvenes, pero independientemente de la edad a la cual llegaron, la imagen interna que construimos automáticamente en nuestra mente es en general la de una persona de una edad muy avanzada. Nuestra mente viaja hacia un tiempo muy remoto y se acoge a la imagen o el arquetipo de ancianidad.

En la gran mayoría de las  culturas el anciano ha sido considerado el  puente de conexión con los ancestros y el poder divino. Se caracterizan por ser personas llenas de sabiduría capaces de resolver problemas o encontrar soluciones fruto de  la experiencia forjada durante largos años. Todos recordamos, gracias a las novelas, los documentales y el cine, la imagen del consejo de ancianos que decide los asuntos de la aldea y son respetados y venerados como receptáculos vivientes de un saber antiguo. Nuestro inconciente colectivo y por extensión nuestra cultura asocia la ancianidad a la sabiduría, el conocimiento y la tradición.

Los bisabuelos personifican ese saber ancestral de nuestro árbol genealógico. Allí donde duermen las leyendas y los mitos más antiguos. Gracias a ellos estamos unidos de generación en generación a las raíces más lejanas y profundas de nuestro origen y nuestra historia. Es una generación que pertenece al reino de la sabiduría y por definición a la del saber, el dominio y la virtud del pensamiento. La ancianidad, claramente asociada a nuestros antepasados representa pues el principio de sabiduría.

Nuestros bisabuelos han sido testigos de otra época, de un tiempo remoto que constituye la historia fundacional de nuestra familia. Son el terreno donde se sustentan los cimientos de nuestra propia ética y moral. Es la fuente que alimentó nuestras más arraigadas tradiciones, creencias y costumbres. La aportación de estas raíces es que nos sintamos unidos a la familia, a la humanidad, con sus luces y sus sombras. Por eso es importante reconocer, aceptar y tomar aquellos tesoros beneficiosos y útiles que nos ceden nuestros ancestros. Aunque no tenemos que olvidar revisar y renovar aquel patrimonio del pasado que, pudiendo ser limitante u obsoleto para nosotros, seguimos cargando por fidelidad.

Los Abuelos, La generación afectiva.

Nuestros bisabuelos, en general, los sentimos muy lejos de nosotros. Sin embargo los abuelos los hemos tenido más cerca, ha sido más fácil tener contacto con ellos. El lugar que ocupan es diferente al de los padres y para nosotros sus nietos, su figura representará valores distintos que los de nuestros padres o hermanos. Los abuelos no tienen la responsabilidad de educar ni de llevar adelante la vida de los pequeños, de eso ya se ocupan los padres. Más bien su tarea se centra, en el mejor de los casos, en la de cuidar. El cuidar, íntimamente relacionado con el interés y esmero de asistir y proteger con buen amor al prójimo de forma desinteresada, es el atributo más virtuoso de un abuelo o abuela en nuestros tiempos.

Ellos pueden dispensar a sus nietos la tolerancia y la indulgencia que pierden unos padres delante de la gran responsabilidad de tener bajo su tutela un hijo. Si no ha sucedido algo grave o desestabilizador, vemos que la relación entre nietos y abuelos es de una calidad distinta a la que se establece con los padres. Muchas veces hay una estrecha complicidad y alianza entre nietos y abuelos y es, en general, a través suyo que se refleja una forma de amar muy distinta de las que nos conceden los padres. Si se les ha dado un buen lugar, la imagen arquetípica bondadosa que encarnan en la familia los abuelos, fomenta una mejor disposición para cultivar mejores valores en nosotros. Los abuelos reflejan la experiencia, el espíritu y la virtud del corazón, un amor cultivado y maduro capaz de mostrarse atento y a la vez sereno ante los nietos.


Los abuelos son los padres de nuestros padres y la relación que se establece entre ellos nos afecta enormemente. El vínculo existente entre nuestros padres y abuelos influenciará la percepción que tengamos de lo que significa ser padres. El escenario en el que se desenvuelvan estos lazos va a determinar la capacidad de nuestro árbol genealógico para permitir que los hijos se conviertan en seres maduros, adultos e independientes o perpetuar actitudes infantiles o dependientes.

Los Padres, La generación creativa.

Los padres, más allá de cualquier otra cosa, son sobre todo nuestros creadores. El misterio de la vida se manifiesta en nosotros a través de ellos. Mediante su unión hacen posible el fruto que somos. Nuestros padres son quienes nos dan la vida a través de la sexualidad y por lo tanto no es de extrañar que la fuerza erótica sea un patrimonio que heredamos de nuestros padres. La sexualidad y el deseo es el vinculo más poderoso que nos une a ellos en contraste con del resto de nuestro árbol genealógico. La energía erótica se despliega como parte del proceso de desarrollo de cualquier persona durante la infancia  y va a ser liberada en el escenario familiar más cercano que acostumbra a ser el de los padres. Por lo tanto son los arquetipos paterno y materno que influirán con más fuerza sobre la creatividad y la libido de los hijos.

La sexualidad esta íntimamente ligada a diversas estructuras emocionales que no son siempre conscientes y fue ya el concepto freudiano del triángulo edípico, también llamado romance familiar, el que ejemplificó el interés sexual del niño por uno  de los progenitores. Aunque en realidad, los sentimientos edípicos no son, después de todo, «sexuales» en el sentido adulto de la palabra, sino que están más relacionados con una fusión emocional. Esta fusión que podríamos denominar de «enamoramiento» o de atracción hacia uno de los padres tiene como finalidad encender la chispa de un fuego que más tarde nos impulsará a buscar y elegir, fuera del clan familiar, una pareja, y establecer vínculos afectivos y sexuales satisfactorios. De cierta manera es como si nuestros padres fueran los portadores de la antorcha del deseo y nos pasaran la llama a nosotros para poder así disfrutarla y compartirla más adelante con quien queramos.

Somos el fruto de una pareja y esta antorcha misteriosa del deseo que recibimos es la unión de dos fuegos que vienen de arboles genealógicos distintos, el de nuestra madre y el de nuestro padre. En un encuentro amoroso, no solo intervienen dos personas, en realidad es la unión de dos familias. La medida en la cual nuestros padres nos transmiten el poder de la sexualidad, la capacidad de disfrutarlo y el permiso de elegir con quien compartirlo dependerá de la influencia que ejerce todo nuestro árbol genealógico.

Los arquetipos masculino y femenino que encarnan nuestros padres reflejan el principio de unión que representan las dos ramas de nuestro árbol genealógico. Somos fruto de esa unión y si se devalúa, menosprecia o ignora a uno de los padres hay una parte en nosotros que siente que no es valida. En realidad necesitamos querer y ser queridos por papá y mamá. La vida es un bien íntimamente unido al sexo y esta fuerza generadora une en los  padres los dos grandes principios universales: masculino y femenino, dualidad activa y receptiva, yin yang,  que tiene como finalidad más grande la creación. Somos la creación de nuestros padres, el fruto de su sexualidad. Poder percibir en nosotros esa dimensión, más allá de su personalidad y su presencia física, nos ayuda a integrar este potencial de forma beneficiosa.

Los Hermanos, un lugar para compartir.

La relación fraternal comparte una misma generación y una misma posición en nuestro árbol genealógico.  La hermandad nos otorga en el seno de la familia  un lugar propio, nuestro sitio, un espacio concreto en el que establecer nuestra relación con el territorio. Seamos únicos, primeros, segundos, terceros o séptimos el lugar que nos es concedido será significativo a la hora de aprender a ocupar, compartir y gestionar un territorio alrededor nuestro. Y eso no solo es válido en relación con los demás, si no también con el lugar que me concedo yo a mi mismo; es decir la facultad para establecer un mayor o menor contacto con mis  propias necesidades y mi propio cuerpo.

Es en el entorno de la hermandad que se establece un primer campo de juego donde colaborar, estrechar lazos de amistad, cooperación, solidaridad y ayuda. La riqueza que surja de esta colaboración entre hermanos tiene como finalidad favorecer la concordia y la armonía con el resto del mundo más adelante. Entre hermanos se encuentra pues la primera ocasión para formar equipo, ubicarse en un núcleo social y por analogía también nuestro lugar en la sociedad.

Es entre hermanos que se reparte la herencia de nuestro árbol genealógico en el sentido más amplio del termino: biológico, amoroso y financiero. A veces la preferencia  por un hijo determinado, por el lugar que ocupa en el corazón de la familia o por los «privilegios» que se le conceden a un hijo por ser único, segundo, quinto o por pertenecer a uno u otro sexo genera muchas dificultades y conflictos personales que suelen ser el reflejo de cargas y asuntos pendientes de generaciones anteriores. Según los casos  los hijos se ocuparán en mayor o menor medida de este patrimonio. Cada familia es distinta y cada persona merece ser contemplada de forma exclusiva y particular ya que en una misma fratría cada hermano tendrá una relación única con su árbol genealógico y completamente diferente de la de sus hermanos.

Pertenecer a nuestro árbol genealógico.

Toda persona tiene el derecho de sentirse pertenecer, de saber que forma parte de los suyos, de verse en su interior apoyado y acompañado en todo momento por la fuerza de la vida. Nosotros fuimos acogidos por la vida gracias a nuestros padres. Ellos la recibieron a través de sus propios padres. Estos de los suyos y así de generación en generación vemos como nuestro árbol genealógico es cada vez más y más grande. Está conformado por multitud de parejas que a la vez fueron creadas por parejas anteriores estableciendo una red que se pierde en la memoria de los tiempos. Llegando hasta una frontera invisible donde sus raíces se expanden hasta el infinito abarcando a toda la humanidad. Y cuando nos sentimos ligados a esta gran familia que se ensancha sin limites atrás en el tiempo,  comprendemos por fin ese mensaje común en todas las grandes tradiciones diciendo que todos los seres humanos somos hermanos.

Así, al sentirnos pertenecer a nuestro árbol genealógico, nos damos cuenta que pertenecemos al mundo. La familia debería  transmitir que el  mundo no es un lugar hostil al cual hay que temer. Tendría que proveer la suficiente confianza en uno mismo para realizarse dentro de él. Es en el  seno de nuestra familia donde aprendemos a confiar en los demás, porque aprender a confiar en los demás es aprender a confiar en uno mismo. En nuestro árbol genealógico compartimos un mismo territorio común con todos nuestro parientes. Este territorio desde que nos acoge nos concede un espacio de protección y de seguridad donde poder más tarde confiar y sentirse seguros fuera de él. Aprender a compartir y a resolverse eficazmente en el mundo. Pertenecer es sentirse vinculado a un lugar, a un territorio, disponer de un espacio seguro donde descansar sintiéndose protegido.

Si hemos nacido en el seno de una familia que ha sabido incluir a todos sus miembros y compartir entre ellos tanto los éxitos como los fracasos, las alegrías y las penas sentimos la fuerza de un gran equipo capaz de apoyarse en los momentos difíciles y celebrar en los momentos  de gozo. Cuando nos sentimos pertenecer a todo nuestro árbol genealógico, el mundo se nos presenta como un lugar amable en el que podemos estar ya que se nos ha enseñado a convivir antes en armonía en nuestro pequeño mundo familiar.  Sin embargo si se me ha transmitido que mi árbol genealógico es un territorio del cual desconfiar, donde hay ramas peligrosas o podridas donde es mejor no subirse entonces empezaré a desconfiar de los demás y a tenerles miedo. Crearé fronteras a mi alrededor para protegerme de un territorio que temo que me destruya y acabaré sospechando del mundo que me rodea volviéndome desconfiado, uraño y más bien solitario.

El árbol genealógico nos concede un territorio determinado dentro de su estructura.
Desde que llegamos al mundo el lugar en la fratría condiciona nuestra relación con el territorio genealógico ya que muchas veces los padres establecen inconcientemente roles específicos para cada hijo. Nuestra situación respecto a nuestros padres es distinta si somos primogénitos, segundos, terceros, séptimos o únicos ya que el orden de nacimiento reparte y organiza espacios, despierta preferencias e inclinaciones adjudicando funciones distintas e historias particulares para cada hijo. El lugar que ocupamos respecto a nuestros hermanos es determinante para nuestra capacidad de establecer y compartir el propio territorio con los demás. Muchas veces la relación fraternal que se establece va a ir transmitiéndose de generación en generación. Al tener una persona hijos, vera reflejada en ellos su propia relación fraterna y de forma inconciente se inclinará a tener pactos secretos y lazos invisibles con los hijos que ocupen su mismo lugar filial.

Por ejemplo: Pedro siendo el segundo y último hermano ha mantenido una relación conflictiva y tensa en relación con su hermano mayor. Sintiendo que este ha sido preferido por sus padres, él se ha visto desatendido y desvalorizado, sintiendo haber tenido que ceder la prioridad de su espacio vital tanto físico como afectivo a su hermano mayor. Al correr el tiempo, una vez Pedro ya es adulto, revive la relación conflictiva que mantuvo con su hermano después de nacer su primer hijo. Sin saberlo su conflicto fraterno se reactualiza identificándo inconcientemente a su hijo con su hermano. Pedro se encuentra ahora con que siente celos de su hijo y  sin saberlo se  pone a competir con él. Cree que su hijo recibe una atención desmesurada que lo deja al margen (siente que su hijo le usurpa el territorio). Pedro, sin darse cuenta, asume con su hijo una actitud parecida a la que tuvo con su hermano ya que su hijo al ser el primogénito pertenece al mismo lugar en la fratria que su hermano. Pedro de forma inconciente pierde de vista su papel de padre y pasa a situarse frente a su hijo en un lugar que no le corresponde. Es decir, de algún modo es como si confundiese a su hijo con su hermano.

Más adelante en el tiempo, Pedro y su esposa tienen su segundo hijo. En ese momento Pedro se identifica inmediatamente con él. Su segundo hijo al pertenecer al segundo lugar en la fratría como él, despiertan  en el padre un fuerte vínculo y afinidad que lo convierten en su preferido. Como resultado de este movimiento el padre pasa a percibir a su primer hijo como un peligro para el segundo, posicionándose a favor y en defensa de este. Al aliarse con él inconcientemente no hace diferencia entre él y su hijo. Él es su hijo y a través suyo cree revertir y equilibrar la situación injusta que vivió en la infancia. Sebastián, el hijo preferido de Pedro. acude ahora al terapeuta al sentir un extraño rechazo hacia su primer hijo que acaba de nacer y es entonces cuando detectamos el efecto de una dificultad que se remonta tres generaciones atrás.

Las posiciones filiales pueden considerarse roles que se pueden heredar y que de una generación a otra ocupan dentro de las familias un cierto propósito que cumplir. Generalmente este propósito tiene como finalidad resolver alguna dificultad o conflicto que ya estaba latente en la generación anterior y poder restaurar el equilibrio. Hay que prestar atención a cuales son los roles que van tomando el relevo de generación en generación en el árbol genealógico, repitiéndose algunos para perpetuar cierta estabilidad y bienestar y cuales para intentar reparar y dar solución a conflictos irresueltos.

Si seguimos tomando como ejemplo el caso anterior nos encontramos que Pedro se vio envuelto en  un conflicto con su hermano mayor que hizo que su relación se mantuviese distante y tensa. Más adelante cuando Pedro tiene hijos, todo su pasado afectivo fraterno se reactualiza. Sin darse cuenta inconcientemente se alía con su segundo hijo, segundo en la fratría como él, ocupándosede que este reciba el lugar y los cuidados que él sintió no haber recibido en su infancia. Pedro revierte su situación fraterna a través de sus hijos, percibiendo al primero como un peligro para el segundo y procurando para este más atención y cuidados. Sin percatarse, está aportando una solución a su propio conflicto a través de sus hijos. Inconcientemente se pone a reparar su pasado pero sin darse cuenta que lo que hace está fuera de lugar y que además  genera en sus hijos un estado de rivalidad parecido al que él sufrió. Creyendo poner remedio a  su pasado, en vez de solucionarlo crea un conflicto parecido en la generación de sus hijos. Es ahora su primer hijo quien se siente injustamente desplazado y desatendido frente a un hermano menor idealizado y sobreprotegido por su padre.

Si profundizamos aún más en este caso nos damos cuenta que en el fondo Pedro, siendo el hijo menor, se cree desatendido y descuidado por sus padres en beneficio de su hermano. Los celos son pues justificados y esto es algo muy corriente en una etapa precisa de la infancia que más tarde acostumbra a superarse con el tiempo. Sin embargo hay padres que por diversas circunstancias, alimentan en demasía la preferencia hacia uno de sus hijos y la situación de litigio y lucha entre hermanos se instaura perpetuamente, incluso a veces sin la necesidad de hacer mucho ruido.

Inconcientemente los padres delimitan un territorio para cada hijo. Para establecer el espacio se basarán, de forma inconciente, en distintos criterios como por ejemplo el orden en el nacimiento, el sexo de cada hijo o su salud. Distribuirán el territorio de sus hijos de tal manera que no todos dispondrán del mismo espacio. Se establecen fronteras explícitas o no, que aparentemente benefician a unos y  perjudican a otros. No hay ninguna posición más o menos favorable y cualquier lugar que se ocupe en la fratría tiene ventajas e inconvenientes condicionando de algún modo su percepción vital y territorial. Las experiencias que ha vivido una persona en relación con sus hermanos marca profundamente su personalidad y su relación con el territorio tanto físico como afectivo. La forma en que haya tenido que compartir su infancia con sus hermanos va a establecer su modo de relacionarse con los demás en el futuro, determinando muy posiblemente también la relación con sus hijos. Examinar la propia experiencia vivida entorno nuestra relación con la fratría ayuda a poder comprendernos mejor y a cambiar formas de relacionarnos con nosotros mismos y los demás que muchas veces no son más que el reflejo de experiencia vividas de un pasado que no logramos integrar.

Fuente: Alberto. S. Arenales

 
  • Ainhoa 

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